Crónica de Pennywise en Madrid

Pennywise

La gira aterrizó en Madrid con Bladders y End It poniendo la sala a punto de ebullición antes de que Pennywise prendiera fuego a La Riviera con una noche de himnos, pogos, sudor y fraternidad. Aquí os traemos la crónica de Pennywise en Madrid.

Como en las comidas familiares, el frío inicial se va disipando entre cerveza, golpes y abrazos


Cuando se encendieron las luces de La Riviera nadie parecía tener prisa por marcharse. Las camisetas estaban empapadas, las piernas empezaban a pasar factura y las gargantas apenas podían articular una palabra después de más de dos horas cantando himno tras himno. Pero las sonrisas seguían ahí.

Porque eso es lo que tienen bandas como las que ayer tocaron en la Riviera.

Consiguieron que durante horas desaparezcan las preocupaciones, las facturas, el trabajo y los años que uno lleva a la espalda. Da igual si tienes veinte, cuarenta o sesenta. Durante un concierto como este todos volvemos a ser aquellos chavales que descubrían el punk rock con un monopatín bajo el brazo, una camiseta dos tallas más grande y la sensación de que la música podía cambiarte la vida. Idea que hoy a mis cuarenta corroboro.

Anoche no hubo 2500 personas. Solo una enorme familia reunida bajo el mismo techo

Padres compartiendo pogo con sus hijos, amigos que hacía años no coincidían, desconocidos abrazándose después de levantar al que acababa de caer al suelo y cientos de voces cantando como si no existiera un mañana.

El skate punk nacional de Bladders prendio la mecha

Migue Uceda fotografía

Bladders fueron los encargados de abrir la velada y demostraron desde el primer minuto por qué son uno de los nombres más sólidos del skate punk nacional. Con más de una década de trayectoria y un sonido heredero de la escuela californiana,el cuarteto volvió a hacer gala de velocidad, melodía y actitud.

Aunque La Riviera todavía no estaba llena, la banda no bajó la intensidad en ningún momento. Coros a corazón abierto, velocidad y un sonido impecable, fueron suficientes para ir calentando a un público que terminó entregándose poco a poco. Su combinación de riffs rápidos y armonías vocales volvió a ser una de las grandes protagonistas del concierto.

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También destacó el estreno del nuevo/viejo batería una auténtica apisonadora que sostuvo el ritmo con una energía constante y elevó aún más el nivel del grupo. Bladders ofrecieron una apertura contundente y dejando el listón del skate punk muy alto desde el primer acorde.

End It: permiso para declarar la guerra el caos antes de la tormenta

Si Bladders había calentado motores, End It directamente pulsó el botón rojo. Los de Baltimore irrumpieron en La Riviera como un auténtico vendaval de hardcore, descargando un repertorio tan agresivo como demoledor que convirtió el concierto en una explosión de adrenalina desde el primer acorde.

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Akil Godsey incendió la pista

Con un carisma arrollador, Akil Godsey dirigió las operaciones sin conceder un segundo de tregua. Circle pits, two-step, mosh y una energía desbocada hicieron que la pista estallara por completo. Entre descarga y descarga, la banda también dejó mensajes políticos y sociales, demostrando que su hardcore golpea tanto por la música como por el discurso.

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Caos, sudor y hermandad hardcore antes de la tormenta

Lo que desde fuera parecía una batalla campal era, en realidad, el ritual perfecto del hardcore: un caos gobernado por el respeto, la camaradería y la liberación colectiva. End It convirtió el Templo en un hervidero de cuerpos y emociones, dejando el ambiente al rojo vivo para que Pennywise encontrara a un público completamente desatado.

Cuando apareció Pennywise, La Riviera ya era un templo del punk

Apenas hubo tiempo para tomar aire. Bastó el primer acorde de «Peaceful Day» para que el recinto dejara de ser una sala de conciertos y se convirtiera definitivamente en el templo donde 2.500 almas venían a disfrutar de la liturgia del culto al punk rock.

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Sin apenas conceder un segundo para recuperar el aliento llegaron «My Own Country» y «Straight Ahead», tres golpes directos al mentón, literal para alguno de los presentes, los californianos terminaron de prender la mecha de una sala completamente entregada.

A partir de ese momento ya no hubo vuelta atrás. Aquello ya no era un concierto.

Era una auténtica mascletá de himnos, cada canción explotaba sobre nuestras cabezas como un petardo cargado de recuerdos. «Same Old Story», «Fuck Authority»… himno tras himno, Pennywise iba incendiando una multitud que hacía tiempo había perdido cualquier atisbo de compostura. El fervor era absoluto. Cada estribillo se convertía en un grito de guerra y cada acorde en una descarga de adrenalina digan de revivir.

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Quizá lo más bonito no estaba sobre el escenario. Sino justo delante.

Un ejército de cuarentones que durante algo más de hora y media dejó aparcadas las hipotecas, el trabajo, los dolores de espalda, los grupos de WhatsApp del colegio y las preocupaciones del día a día para volver a ser esa tormenta adrenalínica propia de los veinteañeros con unas Vans destrozadas, una camiseta dos tallas más grande y un monopatín bajo el brazo. Durante noventa minutos, el paso del tiempo se diluyo en esa sopa de cuerpos sudorosos, que ni la mejor clase de Hit.



Los pogos dejaron de ser simples pogos para convertirse en auténticas mareas humanas. Tsunamis de personas donde brazos y piernas sobresalían entre la masa, y de forma inexplicable sin llegar a desprenderse de sus cuerpos. Sudor. Golpes. Abrazos. Cerveza por los aires. Todo Fraternidad.

Desde arriba aquello debía parecer una lavadora industrial llena de punkrockers.

Desde dentro era simplemente felicidad en estado puro.

La intensidad no decayó en ningún momento. Hubo espacio para una celebrada sección de versiones antes de retomar el camino de los himnos propios con «As Long As We Can», con una muchedumbre completamente entregada.

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A esas alturas la sala era un hervidero. Una auténtica caldera donde ya daba igual quién había llegado con quién. Todos formábamos parte de la misma unidad celular compactada por sudor y emotividad compartida. Una Riviera abarrotada de buenas personas, apasionados del punk rock, sonrisas empapadas en sudor y abrazos improvisados entre desconocidos que durante unas horas dejaron de serlo. Sin duda el roce hace el cariño!

El tramo final reservado para uno de los momentos más emotivos de la noche. «Stand by Me» comenzó acunando al público con su parte más pausada, regalando unos minutos para recuperar el aliento después de una auténtica batalla campal de pogos. Miles de voces acompañaban a la banda mientras la emoción se apoderaba de la sala.

Y cuando la canción aceleró, el CAOS. Los circle pits reaparecieron y los últimos cartuchos de energía fueron consumiéndose entre saltos, empujones fraternales y litros de sudor.

Como no podía ser de otra manera, la despedida llegó con «Bro Hymn». No hubo una sola garganta que permaneciera en silencio.

Habíamos participado en la gran reunión de la familia punk.

Y como ocurre en todas las comidas familiares, al principio cuesta romper el hielo. Después llegan las cervezas, los abrazos, las risas, algún empujón, algún golpe sin importancia y acabas despidiéndote de gente a la que apenas conocías unas horas antes como si fueran amigos de toda la vida.

Conclusiones de la crónica de Pennywise en Madrid

Una enorme mesa (parecía una piscina) donde 2.500 personas volvimos a compartir aquello que nos une desde hace más de treinta años, la musica y en especial el punk rock.

Porque anoche no hubo 2.500 asistentes.

Hubo 2.500 amigos que todavía no sabían que iban a volver a encontrarse.

Y mientras existan noches como esta, habrá una verdad que seguirá siendo innegociable.

El punk rock sigue palpitando y muy vivo.

Cabe destacar que la gente de seguridad se comportó y se mimetizó genial con el formato del evento; incluso estuvieron ofreciendo botellines de agua. Detalles top.

Espero que la crónica te haya hecho vivir el concierto como si hubieras estado allí, y si fuiste, como yo, uno de los afortunados, que se te haya erizado el pelo al revivir lo que anoche compartimos. Tal vez nos golpeamos, nos abrazamos o nos sonreímos mirándonos fijamente. Todo un placer, gracias a HFMN y ROCKFOREVERYONE.

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