Sexo, ¿menos drogas? y rock and roll

Llevo tiempo dándole vueltas a una pregunta: ¿son los rockeros de hoy más sanos y más longevos que los de antes? Y cuanto más la miro, más convencida estoy de que la respuesta es sí, aunque la excepción de Mick Jagger, Roger Daltrey o Eric Clapton —músicos que han llevado una vida arrolladora y aun así siguen ahí— nos recuerde que la longevidad nunca ha sido una ciencia exacta.

Mi tesis es la siguiente: la narrativa del artista puesto hasta las cejas ha recorrido tres etapas —herramienta de exploración artística, crisis de salud generacional y, por fin, un giro hacia el cuidado físico y mental— y esa evolución no ha sido casual. Detrás hay transformaciones económicas y culturales muy concretas que han ido moldeando, generación tras generación, la filosofía de vida de los músicos, hasta llegar a una que mira a sus predecesores y, simplemente, no quiere repetir la jugada.

De la exploración psicodélica al nihilismo del Grunge

Conviene no engañarse: la música y la alteración de la conciencia se llevan de la mano desde mucho antes de que existiera el rock. Ya en el blues y el jazz de principios del siglo XX la automedicación y el aislamiento social formaban parte del oficio. En los años 30, la Memphis Jug Band cantaba en «Cocaine Habit Blues» cómo la cocaína servía de vía de escape frente al dolor físico, la precariedad y el agotamiento de los músicos rurales. Aquello, sin embargo, era todavía la excepción.


La norma llegó en los 60, y llegó a lo grande. El LSD y el cannabis se convirtieron en el catalizador del rock psicodélico, y ahí están el Sgt. Pepper’s de The Beatles, Pink Floyd, The Doors, The Rolling Stones o The Beach Boys para demostrarlo. Pero no nos quedemos solo con la estética: aquella alteración sensorial también era una forma de protesta, ligada a los derechos civiles y a la oposición a Vietnam. El problema es que todo paradigma tiene un punto de quiebre, y el de este llegó con Woodstock. Se vendió como la cumbre del verano del amor, sí, pero también dejó más de 5.000 emergencias médicas, 800 de ellas por abuso de sustancias. Y ahí empezó a fraguarse el macabro «Club de los 27», con las muertes de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Brian Jones. La fiesta tenía factura.


Los 70 cambiaron de sustancia y de actitud. Con Black Sabbath y Led Zeppelin llegó el hard rock y los primeros pasos del heavy metal, y con ellos un consumo mucho más hedonista: cocaína, alcohol y opiáceos como parte del paisaje de gira. Ahí tenemos «Sweet Leaf» de Black Sabbath haciendo apología del cannabis, o «That Smell» de Lynyrd Skynyrd retratando el descontrol sin edulcorantes. Pero de nuevo, la realidad se impuso: Bon Scott (AC/DC) y John Bonham (Led Zeppelin) murieron el mismo año, 1980, y el espejo devolvió una imagen mucho menos molona.


Los 80 fueron un exceso en todos los sentidos, la verdad —y el glam metal lo llevó a la categoría de estética oficial. Ahí están la sobredosis de Nikki Sixx en el 87 o la expulsión de Steven Adler de Guns N’ Roses en el 90 por su adicción a la heroína y al speedball. Pero también en esa década nació la respuesta: el straight edge del hardcore punk, impulsado por Minor Threat, que convirtió la abstinencia en la verdadera forma de rebeldía. Y no fue un movimiento marginal: a mediados de los 80, el propio rock mainstream empezó a mirar con hostilidad la cocaína y el crack, y ahí tenemos «Master of Puppets» de Metallica cantándole a una sustancia que termina controlando a quien creía controlarla.


Y luego llegaron los 90, y con ellos el punto de inflexión más sombrío de toda esta historia —el que, me atrevo a decir, todos tenemos grabado de una manera u otra. El grunge de Seattle —Nirvana, Alice in Chains, Soundgarden, Stone Temple Pilots— canalizó la alienación y el trauma generacional, y la heroína dejó de ser una sustancia marginal para convertirse en estética mediática, vinculada al famoso heroin chic. Aquí ya no hay glorificación festiva: el consumo se retrata como refugio anestésico ante el dolor. Y el coste humano lo demuestra: Andrew Wood en 1990, Stefanie Sargent en 1992, Kurt Cobain y Kristen Pfaff en 1994, después Layne Staley y Mike Starr. Una lista que debería haber sido suficiente advertencia para la industria.

Por qué el rockero de hoy ya no puede permitirse el exceso

Aquí está, a mi juicio, la clave de todo el asunto: el cambio hacia una cultura centrada en la carrera profesional no es una moda pasajera ni un gesto de buena conciencia. Es la consecuencia directa de cómo ha cambiado el negocio de la música.

La economía ya no perdona. En los 70 y los 80, las discográficas nadaban en los márgenes de la venta física de discos y podían permitirse absorber giras deficitarias o las cancelaciones de un artista fuera de control. Esa red de seguridad ha desaparecido. En la era del streaming, la reproducción apenas paga, y son los conciertos y el merchandising los que sostienen a una banda. Cuando Harry Nott, vocalista de la banda de death metal Burner, dice que las bandas jóvenes de hoy trabajan con una disciplina casi militar, no está exagerando: en este contexto, una gira cancelada puede ser la diferencia entre seguir existiendo o no.

Burner-drogas-rockforeveryone.com

El cuerpo tampoco perdona. El deathcore, el metal progresivo, el djent, el metalcore han llevado la exigencia técnica del directo a un nivel casi deportivo. Cantar guturales bien exige un control diafragmático que el alcohol, el tabaco o los estimulantes destrozan sin piedad. No es casualidad que Matt Heafy, de Trivium, sustituya la fiesta de después del concierto por fuerza, yoga y Jiu-Jitsu brasileño, con nutricionista y entrenador vocal incluidos. Ni que Will Ramos (Lorna Shore) o Courtney LaPlante (Spiritbox) hablen abiertamente de higiene vocal como quien habla de un instrumento de precisión —porque lo es.

Y, por fin, alguien construyó una red de seguridad. Durante décadas, la gira fue sinónimo de aislamiento y de presión social para beber en cada camerino, sin ninguna estructura de apoyo detrás. Eso está cambiando. Organizaciones como Music Support, junto al Tour Production Group, forman a equipos y músicos en primeros auxilios de salud mental y prevención de adicciones. Nita Strauss impone la norma de «sin alcohol en el autobús». Passenger y The Back Lounge ofrecen espacios de contención para quienes están en recuperación. Y culturalmente, la sobriedad ha dejado de ser sinónimo de debilidad para convertirse en un signo de liderazgo: Rob Halford lleva sobrio desde 1986, Randy Blythe desde 2010, Aðalbjörn Tryggvason desde 2013, y junto a ellos James Hetfield, Corey Taylor o Mike Kerr han dejado claro, cada uno a su manera, que la creatividad no necesitaba destruirlos.

Ahora bien, sería deshonesto por mi parte cerrar esta sección sin nombrar a quienes la industria no logró proteger a tiempo. Amy Winehouse murió en 2011, a los 27 años, por intoxicación etílica aguda, y su caso desnudó lo poco preparados que estaban los entornos mediáticos para apoyar a un artista en crisis. Chris Cornell y Chester Bennington, ambos en 2017, se quitaron la vida pese a haber superado —o eso creíamos— sus batallas con las sustancias; su pérdida nos enseñó, de la manera más dura posible, que la sobriedad no es garantía de paz mental. Y Taylor Hawkins, en 2022, murió con múltiples sustancias en el organismo en mitad de una gira agotadora, recordatorio de que el policonsumo sigue siendo, para muchos, la forma de sobrevivir al ritmo imposible de vivir de gira.

Los riesgos no han desaparecido, solo han cambiado de forma

No vamos a pecar de ingenuos: decir que el rock de hoy es más sano no significa que sea seguro. La amenaza ha mutado, y en algunos aspectos se ha vuelto más traicionera. Antes, una sobredosis solía ser el desenlace de una dependencia severa y prolongada. Hoy, la contaminación de las drogas con fentanilo produce muertes instantáneas e imprevisibles. Riley Gale, vocalista de Power Trip, murió así en 2020, a los 34 años —y eso debería preocuparnos más que cualquier estadística de consumo.
Y luego está lo que ninguna sobriedad resuelve por sí sola: la depresión, el agotamiento extremo, el desgaste psiquiátrico. Dejar las drogas no borra esos desencadenantes, y la presión de sostener ingresos en un entorno digital volátil, sumada al cansancio de las giras, sigue pasando factura. Trevor Strnad, de The Black Dahlia Murder, murió en 2022, a los 41 años, tras una batalla contra la depresión que la sobriedad no bastó para ganar. La salud mental, no las sustancias, es hoy el verdadero frente de batalla.

Ozzy, Lemmy, Robe: la trampa de creer que hay elegidos

Y aquí llegamos a un punto que me parece esencial y que casi siempre se malinterpreta. Ozzy Osbourne, Lemmy Kilmister y Robe Iniesta encarnan lo que yo llamaría «anomalías de longevidad»: figuras que, a pesar de décadas de consumo extremo, llegaron a la vejez o siguieron sobre el escenario hasta el final. Ozzy fue literalmente objeto de estudio científico en 2010, cuando la firma Knome secuenció su genoma y encontró mutaciones raras —entre ellas variaciones en el gen ADH4— que le permitían metabolizar el alcohol a una velocidad fuera de lo común, además de particularidades en los receptores de opioides y dopamina. Lemmy hizo de las anfetas, el Jack Daniel’s y el tabaco diario un estilo de vida que sostuvo durante más de cuarenta años, hasta morir en 2015 con 70. Robe Iniesta lideró el «rock transgresivo» español desde una vida ligada a la marginalidad, y aun así encontró después una etapa de sobriedad creativa que le permitió seguir componiendo y girando hasta su muerte a los 63.

Pero aquí está la trampa: casos como los suyos alimentaron un peligroso sesgo de supervivencia, la idea de que el cuerpo del rockero desarrolla una especie de inmunidad mítica frente a las drogas. Por cada Ozzy que resiste, hay docenas de músicos que no llegaron ni a los 30. La nueva generación ha entendido, con razón, que apostar por una lotería genética es una temeridad, y prefiere construir su carrera sobre algo mucho más fiable: el cuidado deliberado.

El mito ya no vende

Después de repasar un siglo de excesos, muertes prematuras y giros de guion, mi conclusión es clara: los músicos de rock y metal de hoy son más sanos, más profesionales y más conscientes que las generaciones que los precedieron, y esto no es casualidad ni buena suerte: es aprendizaje. La industria pagó un precio altísimo durante décadas, hasta que la muerte dejó de ser una tragedia romántica y empezó a leerse como lo que siempre fue: una advertencia.

El artista autodestructivo ya no es el ideal a admirar. Eso no significa que dejemos de ver a músicos a en directo bebiéndose unas litronas, pero si algo demuestra este recorrido es que la sobriedad, el rendimiento físico y el bienestar emocional no son la traición al espíritu del rock, sino una base sobre la que el arte duradero puede sostenerse.

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