El folk metal nacional atraviesa un momento interesante. Propuestas como Celtian, Ekyrian o Lèpoka demuestran que hay espacio para diferentes interpretaciones del género, desde la épica y las melodías tradicionales hasta su vertiente más desenfadada y tabernera. Es precisamente en este último terreno donde Finnway está construyendo su identidad. Os dejo con la crónica de Finnway en Madrid en la sala Nazca.
El pasado 25 de septiembre, la formación presentó La corte de los marginados en una sala Nazca prácticamente llena, en su primera actuación como cabeza de cartel. Una ocasión que merecía algo más que un concierto convencional.
Khëlleden: Anís y un hada muy particular
Una noche de folk metal no podía empezar de una manera demasiado formal, y los alicantinos Khëlleden se encargaron de que así fuera.
Con su particular combinación de folk, metal y humor, la banda ofreció un concierto desenfadado y divertido desde los primeros minutos. Para esta cita tuvieron que contar con un sustituto a la batería, ya que su batería titular había cumplido uno de esos sueños bastante menos rockeros pero considerablemente más sensatos: hacerse funcionario.
Eso no impidió que Khëlleden desplegara todo su peculiar universo sobre el escenario. Hubo anís para el público, bromas y uno de los personajes más difíciles de ignorar de la noche: el Hada Panza, coronada con una diadema adornada con dos penes. Porque, aparentemente, las alas ya no eran suficiente atrezo.
Más allá de la provocación y el humor, Khëlleden dejó una propuesta festiva, cercana y sin demasiados complejos, funcionando perfectamente como apertura de una noche en la que el folk metal iba a ser el protagonista.

Finnway: una corte con grandes músicos
Con el escenario preparado y un vestuario que dejaba claro por dónde iban los tiros, Finnway tomó Nazca. La misión estaba clara: convertirla en una taberna irlandesa con amplificadores.
“Dama de la fortuna”, con su introducción instrumental y audiovisual, abrió la puerta antes de que “La corte de los marginados” terminara de meter al público dentro de ese universo de bribones, marineros, borrachos y personajes con bastante más encanto que buenas intenciones.
Y si algo quedó claro desde el principio fue que aquello sonaba de maravilla. Sonido grande, limpio y con pegada, pero sin cargarse precisamente lo que da personalidad a Finnway: las melodías tradicionales, el violín, la mandolina y todo ese arsenal folk que podría haberse perdido fácilmente entre guitarras y batería. Cada cosa tuvo su sitio y el conjunto sonó compacto, potente y sorprendentemente bien equilibrado, de la mano de Borja Bueno.
Pablo Merchante, capitán de la taberna
En medio de todo estaba Pablo Merchante, ejerciendo de cantante, narrador y maestro de ceremonias. No se limitó a defender las canciones, sino que fue llevando el concierto de una a otra con ese punto de capitán de barco que sabe perfectamente qué taberna piensa asaltar después. “Düllahan”, “The Devil Is a Barmaid”, “El vagabundo” o “Ghost from the Barrow” fueron construyendo un repertorio que funcionaba mejor cuanto más se dejaba llevar por ese espíritu festivo y canalla.
Para esta noche faltaba el bajista titular Samuel de Jønxel, así que Miguel Monge, de Celtian, se hizo cargo de las cuatro cuerdas. Y no parecía precisamente un invitado de última hora. Junto a Sergio Culebras, también miembro de Celtian y guitarrista de Finnway, ayudó a sostener un directo muy sólido, de esos en los que puedes permitirte montar fiesta porque musicalmente hay una banda detrás capaz de sujetarla.

Amigos, baile y espíritu de taberna, Finnway en Sala Nazca
Y tratándose de una noche así, tampoco iban a faltar amigos alrededor de la mesa. Dani Nogués, vocalista de Lèpoka, apareció en “Voluntad de fuego”, mientras que Txus Borao, de Celtian, sumó su mandolina en “Polka Never Dies”. Colaboraciones que no se sintieron como el típico desfile de invitados para la foto, sino como parte natural de una escena en la que bandas y músicos llevan tiempo cruzándose unos con otros.
Uno de los momentos más especiales llegó durante una de las instrumentales, cuando dos bailarinas tomaron el escenario con una coreografía de danza irlandesa. Entre violines, pasos marcados y ese aire de fiesta que ya llevaba tiempo flotando por Nazca, durante unos minutos faltaron poco más que las jarras volando de mesa en mesa.
Nazca entró rápido en el juego. La gente siguió los ritmos, respondió a las indicaciones de Pablo Merchante y se dejó arrastrar por ese ambiente de taberna que Finnway iba montando canción a canción. Palmas, cuerpos siguiendo el compás y un público atento al maestro de ceremonias hicieron que aquello dejara de parecer simplemente un concierto para acercarse bastante más a una fiesta folk con amplificadores.
La recta final fue recuperando ese espíritu de puerto y taberna con “Black and Tans”, “El bribón de Bobby Brown” y, sobre todo, “Finnway Is the Fine Way”, probablemente uno de los momentos que mejor resumieron lo que había sido la noche: folk, celebración y una banda disfrutando de su propio mundo.

Finnway Is the Fine Way y un bajista por los aires
Y cuando parecía que ya estaba todo dicho, Miguel Monge decidió que tocar desde el escenario era demasiado convencional y acabó lanzándose al crowd surfing. Un cierre bastante más apropiado para Finnway que cualquier reverencia ordenadita.

Su primera noche como cabeza de cartel dejó claro que Finnway tiene músicos, canciones y personalidad para hacer crecer este proyecto. Hasta aquí la crónica de Finnway en Madrid en Sala Nazca. Presentaron disco, reunieron amigos, llenaron prácticamente, y consiguieron que, al menos durante un rato, Madrid oliera un poco menos a asfalto y un poco más a madera húmeda, cerveza y taberna irlandesa.
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