The Real McKenzies convierten la Sala Nazca en un pub escocés a continuación os dejo la crónica The Real McKenziesde una noche para recordar junto a Reina Roja
Hace apenas unos días os decía que Paul McKenzie Sings On Yer Bike era un disco que pedía directo a gritos y terminaba aquella previa con una frase muy sencilla:
«Nos vemos en el pogo.»
Pues bien…
Nos vimos en el pogo.
La promesa se cumplió. La Sala Nazca volvió a teñirse de tartán gracias a HFMN Crew
The Real McKenzies no venían únicamente a presentar su decimotercer trabajo de estudio; venían a recordar por qué, más de treinta años después, siguen siendo una referencia absoluta dentro de un género que ayudaron a construir.
Y lo consiguieron.
Reina Roja abre la puerta de las Highlands para The Real McKenzies
Antes de que sonaran las gaitas canadienses, Reina Roja tuvo la complicada misión de romper el hielo ante una sala que todavía iba llenándose poco a poco.

Los madrileños aprovecharon la oportunidad para demostrar personalidad y oficio. Tras superar algun que otro problema técnico entre kalimotxos y cerveza les quedo tiempo para ofrecer un repertorio que fue calentando los motores mientras el público comenzaba a acercarse al escenario.

Su propuesta encajó perfectamente con el ambiente de la noche. Folk, punk y actitud suficiente para preparar el terreno a unos cabezas de cartel que ya esperaban entre bambalinas.

Cuando terminaron su actuación, la sensación era clara. La mecha estaba encendida llegaban los The Real McKenzies
En la reseña de Paul McKenzie Sings On Yer Bike escribía que este disco suponía algo más que un nuevo lanzamiento.
Era la confirmación de que Paul McKenzie había ganado una batalla mucho más importante que cualquier concierto.

Tras años complicados, excesos y un disco que estuvo cerca de no terminarse, el líder canadiense regresaba demostrando que la sobriedad no le había robado absolutamente nada.
Si alguien pensaba que Paul iba a aparecer apagado y domesticado, recibió la respuesta en cuanto cruzó el escenario vestido con su inseparable kilt.
Paul apareció de forma irreverente, vacilón y haciendo gala de una amplia sonrisa.
Exactamente el Paul McKenzie que todos esperábamos
«Shackleton» zarpa… y la Sala Nazca y todos los allí presentes embarca con ellos
La respuesta a la curiosidad por comprobar cómo funcionarían en directo las nuevas canciones, llegó desde el primer acorde.
El concierto arrancó con «Shackleton», uno de los temas que más había destacado en nuestra reseña y que, efectivamente, nació para sonar sobre un escenario.
La épica inspirada en el legendario explorador polar se transformó inmediatamente en un enorme coro colectivo mientras las guitarras aceleraban y la gaita comenzaba a marcar el camino.
Aquello ya no era una sala madrileña. Era una taberna escocesa improvisada donde todo el mundo parecía conocerse de toda la vida.

Treinta años de historia convertidos en una fiesta
El repertorio fue alternando material reciente con clásicos de la banda sin que el ritmo decayera en ningún momento.
Due West, Too Many, Culling (Skeleton Rant), Skeleton, Black Agnes, Smoking B, Sardines, The Night, Lads y Kings fueron cayendo uno tras otro mientras el público respondía con pogos constantes, brindis improvisados y un buen puñado de gargantas completamente entregadas.
Precisamente ahí reside la grandeza de The Real McKenzies. Lo que en estudio ya funciona gracias a la combinación de melodías tradicionales, guitarras afiladas, un bajo que marca el paso con autoridad y una batería lanzada a toda velocidad, sobre las tablas se convierte en una auténtica apisonadora.
Las canciones nuevas superaron el examen
Especialmente «Black Agnes», que ganó todavía más fuerza en vivo, y «Sardines», que volvió a demostrar ese humor gamberro tan característico de la banda.
Y, por supuesto, las gaitas.

Porque hablar de The Real McKenzies sin mencionar las gaitas sería como hablar de Motörhead sin Lemmy. Son el alma de su sonido.
Una sala entregada desde el primer brindis
Una de las cosas que siempre diferencian a The Real McKenzies de muchas bandas es la sensación de cercanía que transmiten. No existe una barrera entre escenario y público. Todo forma parte de la misma celebración.
Durante hora y media, la Sala Nazca dejó de ser Madrid para convertirse en un pequeño pub de las Highlands donde cada estribillo era cantado con una cerveza imaginaria levantada al cielo.
Había camaradería, sonrisas y algún que otro kilt, y sobre todo, había esa comunión tan difícil de explicar que solo aparece cuando una banda disfruta exactamente igual que quienes están delante.
El bis que nadie quería que terminara
Después de una actuación sin apenas respiros, The Real McKenzies regresaron para el esperado encoré.
«Tempest» y «Chip» fueron el broche perfecto para una noche en la que nadie parecía tener demasiadas ganas de abandonar la sala.
Quedaban las últimas fotos. Los últimos brindis. Los últimos abrazos entre desconocidos.
Y esa sensación tan agradable de haber asistido a uno de esos conciertos que permanecen dando vueltas en la cabeza varios días después.
Hace unos días escribía que Madrid merecía una noche así. Hoy ya no es una promesa. Es un recuerdo.
También decía que Paul McKenzie Sings On Yer Bike era un disco que pedía directo a gritos.
Después de verlo sobre el escenario puedo afirmarlo con todavía más convencimiento: estas canciones han nacido para ser compartidas entre pintas, pogos y gargantas rotas.
The Real McKenzies siguen haciendo lo que mejor saben hacer: mezclar melodías tradicionales con guitarras afiladas, actitud punk y honestidad.
Muchos hicisteis caso al consejo de la previa
Algunos con kilt, otros con zapatillas destrozadas, pero todos terminamos brindando igual.
Nos vimos en el pogo.
Y mereció muchísimo la pena.
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