Hoy os traemos un artículo especial dedicado al rock en Granada.
Granada no es únicamente una ciudad monumental dominada por la Alhambra. A lo largo de más de medio siglo, la ciudad ha actuado como una cantera inagotable de pop, rock y experimentación de vanguardia, albergando una densidad de proyectos artísticos por metro cuadrado sin parangón en el resto de la península.
¿Qué es el «sonido Granada»?
El «sonido Granada» no es casualidad ni capricho estético: nace de un caldo de cultivo único donde se juntan la poesía de Lorca, el flamenco más desgarrado, una enorme población universitaria llena de energía y una red de bares y locales de ensayo que ha servido de trampolín a generación tras generación de músicos.
Desde los pioneros de la década de los 60 que trajeron a su terreno la psicodelia y el pop británico, pasando por el punk de los 80, combativo y sin concesiones, y la legendaria temporada de Joe Strummer (The Clash) en la ciudad, hasta la explosión del indie rock en los 90 y todo lo que vino ya en el nuevo milenio, Granada ha escrito capítulos clave en la historia del rock.
Años 60 y 70: De las armonías de Los Ángeles al rock progresivo
El rock granadino nace pegado a la trayectoria de Los Ángeles. Fundados en 1963 como Los Ángeles Azules o Blue Angels, empezaron versionando en español los éxitos pop que llegaban de Francia e Italia, algo muy habitual por entonces. Pero maduraron rápido, y eso los separó del resto de grupos de su época.
A la vez que Los Ángeles triunfaban con el pop, Miguel Ríos (al principio, Mike Ríos) se convirtió en el gran referente del rock andaluz y también del nacional, con grandes producciones y giras de estadio.

Al mismo tiempo, la inquietud progresiva de los 70 también se hizo un hueco en la ciudad con proyectos como Granada, liderado por el multiinstrumentista Carlos Cárcamo, que mezclaba rock sinfónico con toques de fusión ibérica. Prueba de que la escena local estaba muy abierta a lo que se cocía en la vanguardia europea.
La eclosión punk y los vertiginosos años 80
Con la Transición y la llegada del rock internacional, la escena local se abrió a la rabia del punk. En 1981 irrumpió la mítica TNT, la cara más politizada y poética del punk del sur, que dejó como testimonio su célebre Manifesto Guernika (1983).
De las mutaciones de esa escena salió 091, uno de los grupos de culto más respetados de todo el rock español. Su sello eran las letras existenciales y desengañadas del guitarrista José Ignacio García Lapido, con la voz desgarrada de José Antonio García como contrapunto, la solidez de Tacho González a la batería y el bajo de Antonio Arias en su primera etapa.
Tras ganar el concurso de rock Alcazaba, publicaron su álbum debut, Cementerio de automóviles, en 1984. Pero lo que acabó de convertirlos en leyenda llegó cuando Joe Strummer, el icónico cantante de The Clash, se refugió en Granada para huir de la presión mediática y de las tensiones internas que vivía su banda en el Reino Unido.

Strummer se metió de lleno en la noche granadina y trabó una gran amistad con los miembros de 091. De esa complicidad salió la producción de su segundo disco, Más de cien lobos (1986), al que dio un sonido directo y crudo. Su paso por la ciudad dejó además historias de leyenda, como la del Dodge Dart 3700 GT plateado que perdió de vista (se lo compró con un préstamo de Santiago Auserón). Aquella búsqueda sin éxito acabó inspirando años después el documental I Need a Dodge! Joe Strummer on the Run, dirigido por Nick Hall.
El rumbo de 091 dio un giro cuando Antonio Arias dejó el grupo y José Ignacio Lapido se quedó como único compositor. Aun así, la banda siguió entregando discos de madurez incuestionable, como Debajo de las piedras (1988), Doce canciones sin piedad (1989) y Tormentas imaginarias (1993), con una factura instrumental sólida y letras de gran carga poética.
La revolución conceptual de los noventa
Si los 80 consolidaron el rock clásico en la ciudad, los 90 trajeron una corriente de vanguardia que sacudió la música española desde dos frentes muy distintos: el cruce de ruido industrial y flamenco jondo, y el asentamiento del indie.
Tras dejar 091, Antonio Arias fundó Lagartija Nick en 1986 para meterse en sonidos más agresivos, con el post-punk y el rock industrial de fondo. En la banda tocó el influyente batería Eric Jiménez, y en 1996 llegaron a su punto más alto al colaborar con Enrique Morente en Omega.
El disco juntó los versos de Lorca (sobre todo los de Poeta en Nueva York), las canciones de Leonard Cohen y los arreglos eléctricos y distorsionados de Lagartija Nick. Omega se saltó las reglas tanto del flamenco tradicional como del rock alternativo, y hoy es una referencia cultural de alcance internacional.
Al mismo tiempo, en el ambiente universitario surgió el fenómeno de Los Planetas. Con Juan Ramón Rodríguez «J» a la voz y la guitarra rítmica y Florent Muñoz a la guitarra solista, la banda (en sus inicios con May al bajo y Raúl a la batería, y más tarde con Eric Jiménez) se convirtió en la referencia indiscutible del indie en España. Tras el impacto de Super 8 (1994) y Pop (1996), en 1998 se lanzaron a grabar su disco más ambicioso: Una semana en el motor de un autobús.
La grabación de este tercer álbum estuvo marcada por broncas personales, adicciones y choques con la multinacional RCA. Producido en Nueva York por Kurt Ralske, es un disco conceptual sobre un viaje de desamor, excesos y autodestrucción. Temas como Segundo premio, Toxicosmos, Línea 1 o la larguísima La Copa de Europa crearon un sonido envolvente que mezclaba shoegaze, noise rock y psicodelia, con unos toques melódicos sutiles que ya apuntaban a su acercamiento posterior al flamenco, en canciones como Montañas de basura.
El nuevo milenio: Lori Meyers y la escena underground
Desde Loja, Lori Meyers entró pisando fuerte en el panorama alternativo. Su debut, Viaje de estudios (2004), dejó huella enseguida. Su recorrido demostró que la cantera local sabía evolucionar desde el pop clásico con aire sesentero hacia producciones con más fondo melódico, una línea que también se ve en grupos de su generación como Niños Mutantes o en propuestas más recientes como Colectivo Da Silva.
Que todo esto siga vivo no se debe solo a la calidad de los músicos, sino también a los sitios que hicieron de punto de encuentro entre generaciones. En ese mapa, el pub Ruido Rosa, en la calle Sol y abierto por Javier García Lapido, tiene un lugar de honor. Durante décadas ha sido el cuartel general informal de la comunidad artística, donde se han cruzado miembros de 091, Lagartija Nick y Los Planetas para pasarse proyectos.
Junto al Ruido Rosa, la sala Planta Baja fue el sitio por excelencia para tocar en directo y foguearse las bandas nuevas. A eso se sumaron festivales históricos como el Zaidín Rock y el Espárrago Rock, al que acudían rockeros de toda Andalucía.
Todo este recorrido quedó recogido en 2015 en el documental y concierto En Granada es posible, dirigido por las hermanas María José y Cristina Martín, que juntó a figuras de varias décadas para demostrar que el legado musical de la ciudad sigue en pie.
Y para acabar, también quiero mencionar a Hora Zulú, peculiar banda granadina nacida en el 2000 y que debutó con boca de decirlo dos años más tarde. Esta es otra de las bandas más reconocidas de la ciudad, y saltaron a la fama en la escena del rock alternativo con su peculiar mezcla de rap y contundentes riffs de metal y rock.
Influencia granadina en otras bandas andaluzas
Granada no solo ha actuado como cantera autóctona de talento musical, sino también como punto de peregrinación y caja de resonancia obligatoria para el circuito de rock e indie de toda Andalucía. El prestigio de garitos y salas emblemáticas como la sala Planta Baja o la Industrial Copera, sumado al ambiente de su circuito nocturno, convirtió a la ciudad en el campo de prueba ideal para las bandas andaluzas de las últimas décadas:
- Supersubmarina (Baeza, Jaén): Dada la cercanía geográfica entre Jaén y Granada, la formación de Baeza tuvo una vinculación natural y constante con la capital del Genil desde sus comienzos. En su ascenso hacia la cima del indie rock de la década de 2010, sus memorables conciertos en salas como Planta Baja e Industrial Copera resultaron clave para consolidar su directo y conectar con la tradición melódica y guitarrera fijada por referentes locales como Los Planetas o Lori Meyers.
- Sr. Chinarro (Sevilla): Encabezado por Antonio Luque, este proyecto capital para entender la historia de la música independiente en España ha tenido en Granada una de sus plazas más afines. La complicidad de Luque con los músicos del ecosistema indie granadino se tradujo en frecuentes visitas a sus escenarios y en una profunda sintonía estética.
- Maga (Sevilla): Con su propuesta de pop-rock lírico y atmósferas envolventes, la banda sevillana encontró en la red de locales granadinos el espacio perfecto para asentarse dentro del panorama alternativo nacional durante la década de 2000.
- Derby Motoreta’s Burrito Kunk y Pony Bravo (Sevilla): Representantes del «kinkidelia» y del rock psicodélico de raíz andaluza, estas agrupaciones han hallado en Granada una de sus audiencias más entregadas. Para formaciones que combinan distorsión, ritmo y deje flamenco, tocar en la ciudad que alumbró Omega posee un carácter casi ritual.
- La Guardia: Aunque nacidos en la propia Granada a comienzos de los años 80 bajo la batuta de Manuel España, su éxito comercial masivo dentro del pop-rock los convirtió en uno de los grandes embajadores del sonido andaluz en las radiofórmulas de todo el país.
Esta fluida circulación de bandas vecinas a lo largo de los años consolidó a Granada como la capital oficiosa del rock y la música alternativa en el sur peninsular.
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