Vivienne Westwood: la costurera del punk británico

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Antes de que Johnny Rotten escupiera una sola sílaba, alguien ya había cosido la rabia. Repasamos cómo el 430 de King’s Road vistió al punk y por qué sin Vivienne Westwood no habría habido Sex Pistols tal y como los conocemos.

Lo confieso: la primera vez que vi unos pantalones bondage en una vitrina no pensé en música. Pensé “qué barbaridad de cortes”. Luego entendí que esa era exactamente la idea. El punk británico no fue solo tres acordes y mala leche. Fue un asalto total a la moral, a la clase y al buen gusto, y necesitaba una imagen a la altura. Esa imagen tenía nombre y apellido: Vivienne Westwood.

Gran Bretaña, 1975: todo roto, también la ropa

Pongámonos en contexto. Desindustrialización, paro juvenil por las nubes, huelgas y una sensación general de que el país se caía a trozos. El rollo hippie se había evaporado y había dejado detrás un vacío que la juventud obrera urbana llenó con cinismo y ganas de pelea.

Westwood, que había sido maestra de primaria y aprendió a coser por su cuenta, lo vio claro junto a Malcolm McLaren. Frente al escapismo flower power hacía falta una respuesta que mordiera. Y su campo de batalla fue la ropa, que dejó de ser adorno de consumo para convertirse en un panfleto con costuras.

Vivienne Westwood: Cinco vidas en un mismo local

El 430 de King’s Road, en Chelsea, fue el laboratorio. Entre 1971 y 1980 el local cambió de nombre y de piel cinco veces, y cada una cuenta una etapa de la obsesión del dúo: Primero fue Let It Rock (1971-72), una devoción por el rock ’n’ roll de los cincuenta y los Teddy Boys, con cuellos de terciopelo, chaquetas drape y pitillos, un portazo en la cara al hippismo. Después llegó Too Fast to Live, Too Young to Die (1972-74), con cuero negro, tachuelas, cremalleras y calaveras, y con James Dean y los rockers en el altar. Con Sex (1974-76) llegó el punto de inflexión: látex, goma, PVC, bondage y camisetas que no pedían permiso. Seditionaries: Clothes for Heroes (1976-79) consagró el look punk definitivo, a base de trajes bondage, tartán deshecho, mohair deshilachado e imperdibles. Y Worlds End (1980-hoy) viró hacia el romanticismo pirata y la alta costura histórica, con un reloj en la fachada que gira al revés y marca trece horas.

La tienda como cantera de bandas

Aquí es donde el asunto se pone jugoso para los que venimos del lado de los amplis. La relación entre Westwood y los Sex Pistols no fue la de una diseñadora que viste a un grupo. Fue co-creación pura.

En 1975 McLaren se puso al frente de unos chavales que merodeaban por la tienda y ensayaban como The Strand. Los reorganizó, los rebautizó como Sex Pistols y los convirtió en el altavoz de lo que Vivienne cosía en el taller. El 430 era tienda, cuartel general y oficina de fichajes:

  • Glen Matlock, el bajista original, atendía a los clientes como dependiente.
  • John Lydon se coló en la banda tras aparecer por los alrededores y audicionar delante de la gramola del local, con una camiseta de Pink Floyd intervenida a mano con las palabras “I hate”. Si eso no es actitud, que baje Dios y lo vea.
  • Chrissie Hynde, futura líder de The Pretenders, también estuvo tras el mostrador de Sex. Ella misma contó que el bondage de aquel círculo no iba de sumisión, sino de parodiar el autoritarismo y las convenciones conservadoras.
  • Jordan (Pamela Rooke) iba a trabajar en transporte público embutida en caucho transparente, maquillaje teatral y peinado de pincho. Un escaparate andante en hora punta.
Vivienne Westwood

Siempre se discute si los Pistols existían para vender ropa o si la ropa servía para vender a los Pistols. Jon Savage, en England’s Dreaming, deja claro que ambas cosas eran inseparables. Las camisetas y los trajes daban a la banda un fondo conceptual que impedía verlos como un grupo de rock más. Cada aparición era un desfile. Y cuando tocaron God Save the Queen en un barco sobre el Támesis durante el Jubileo de Plata de Isabel II en 1977, con la monarca “decorada” a base de imperdibles en el vestuario, la provocación tuvo su plano completo: sonido, imagen y escándalo.

Vivienne Westwood: Anatomía de un look que escupe

Aquí se ve por qué Westwood era mucho más que “la de los imperdibles”. Cada elemento tenía su lógica de guerrilla:

  • Pantalones bondage: vienen del fetichismo BDSM, pero ella los hizo en paño o tartán, con correas que unían las piernas. Una metáfora literal de lo atados que estábamos.
  • Tartán: símbolo de clanes y aristocracia, rasgado y rematado con cremalleras y correas. Lo despojó de su pátina de salón y le devolvió su carácter insurrecto.
  • Imperdibles y cadenas: ferretería doméstica convertida en joyería de choque. DIY en estado puro.
  • Jerséis de mohair: la prenda del confort burgués, destrozada, abierta y transparente. Estética del deterioro.
  • Camisetas gráficas: la Reina con un imperdible en los labios, imaginería erótica y la célebre “DESTROY”, con esvástica invertida, Cristo y sello de la monarca. Ojo, que no era propaganda fascista. Era un collage de aire dadaísta que amontonaba los mayores tabúes del siglo en un trozo de algodón.

Y el traje de bondage de la etapa Seditionaries lo resume todo. Sastrería militar británica cruzada con parafernalia de dominación y una correa entre las rodillas que te obligaba a notar en el cuerpo lo que la sociedad, según ella, hacía sin que se notara con la clase trabajadora.

Cuando el punk se hizo mercancía

A principios del 78 los Sex Pistols se desintegraron tras su accidentada gira por Estados Unidos, y poco después murió Sid Vicious. El punk empezó a ser engullido por la moda de masas, y a Vivienne Westwood le dio mala espina ver cómo el imperdible y el cuero negro se convertían en uniforme sin mordiente. Así que hizo lo más punk que se le podía ocurrir: cambiar de rumbo.

En 1981 presentó, junto a McLaren, su primera colección en pasarela, Pirates, y saltó de la calle a la alta costura. Se puso a saquear los siglos XVII y XVIII con cortes asimétricos y telas al viento, pero el espíritu seguía intacto: negarse a obedecer. En las décadas siguientes parodió la moda aristocrática (Harris Tweed, Time Machine), rescató el corsé como prenda de empoderamiento exterior y arremetió contra el hiperconsumo.

Y en su última etapa, la reina de la camiseta provocadora acabó predicando “Compra menos, elige bien, haz que dure” desde su proyecto Climate Revolution. Contradictorio solo si piensas que el punk era un estilo. Era una actitud, y la suya duró hasta el final.

Westwood fue la teórica visual que convirtió el ruido en lenguaje. Sacó símbolos del fetichismo, de la historia aristocrática y de la cultura de consumo y los recompuso en una estética DIY que sirvió de manual para casi todas las tribus musicales que vinieron después. Su lección es que el punk de verdad nunca fue romper la ropa, sino romper las ideas que nos tienen amarrados.

La próxima vez que veas un imperdible en una solapa, acuérdate de dónde viene.

¡Espera, sigue leyendo!

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